Último deseo

El lecho de muerte de aquél hombre apenas estaba iluminado con una lamparita. A su lado, su mujer lloraba desconsolada.

“Por favor… cuando me muera, prométeme…”

“Sí, sí, te lo prometo,” gritó ella entre lágrimas.

“Prométeme que me seguirás siendo fiel aún después de que muera,” terminó él.

“Oh,” dijo ella, cesando el llanto. “Creí que me ibas a pedir que no te olvidara.”

En tu muerte

No puedes ver el suelo bajo tus pies. Te das cuenta de eso demasiado tarde. Sin embargo, no sientes el aire acelerarse a tu alrededor, ni el apretón en las entrañas que delata el hecho de que caes. Las paredes tampoco se mueven a tu alrededor. Aliviado, estiras la mano para tocar una de ellas sólo para darte cuenta de que no son sólidas. Tus dedos juguetean cerca de los ladrillos, incluso entre ellos, pero no alcanzas a tocarlos. Estiras la mano una y otra vez, temeroso de que si tus pies se mueven aunque sea un centímetro caerás al vacío. Te resignas con intentar tocar la pared, pero no puedes moverte. Tu miedo te lo impide.

Ese miedo que hace que tu corazón palpite y los ojos te fallen, pues la adrenalina te tiene tan drogado que ya sólo alcanzas a distinguir figuras borrosas, figuras en las que no puedes confiar. El mundo comienza a moverse a tu alrededor, pero el miedo te mantiene pegado al suelo. Tus rodillas flaquean. En un pequeño instante de lucidez logras controlar el temblor de tus piernas, pero nada más. Estas sólo. No hay un solo ser humano cerca de ti, ningún eco que revele la existencia de algún ser vivo ni la presencia de un mundo fuera de ti.

Cierras los ojos. No quieres ver ni sentir, pero aún así comienzas a sentir. Un aliento silencioso recorre tu nuca, caliente, fétido. Te pones a temblar casi sin darte cuenta. Estás muerto. Si no lo estabas antes, pronto lo estarás, y el aliento que sigue acosando tu cuello parece prometértelo. Un gruñido leve, casi cariñoso hace que tus entrañas se encojan. De repente, la falta de vida experimentada hace unos segundos no parece tan mala. Garras filosas como cuchillos acarician tu piel con delicadeza, amando cada centímetro de la piel que están por destruir.

No puedes más y lanzas un grito de terror. Tus piernas por fin se rebelan y te dejan caer. Al vacío, inmenso, infinito. Mientras vas cayendo, intentas recordar algún instante de tu vida, algo que justifique esta pesadilla final que no pediste. Nada. No puedes recordar nada. No recuerdas tu infancia, ni a tus amigos. Ni siquiera recuerdas tu propio rostro y pronto te das cuenta de que ni siquiera estás seguro de cómo luce un rostro humano. Este pensamiento te da más miedo que ninguno otro, pues te das cuenta de que has dejado de existir. No eres una idea, ni un recuerdo, sólo una cáscara vacía carente de rostro y forma que aún así se aferra por sobrevivir.

¿Por qué? La pregunta te golpea, te agarra desprevenido. ¿Por qué? Te das cuenta que dejarte sería fácil. Casi demasiado fácil. Dejas que el vacío te trague. Es el fin.

Amor Imposible

Nunca pensé que llegaría a enamorarme así. Jamás había creído en el amor a primera vista. ¿Por qué habría de hacerlo? Nunca antes me había sucedido, no de esta manera. Amé a otras personas antes que a ella, pero no de esta manera, nunca.

La conocí hace dos semanas. Su nariz de botón, su boquita roja como granada, sus ojos que brillaban como estrellas y su piel de porcelana, toda ella me cautivó. Desde el momento en que la vi por primera vez, al otro lado del cristal, supe que era amor. Y, por la manera en que ella me miraba, sabía que yo también la había cautivado.

Quise entrar al edificio a saludarla, pero no pude, no tenía tiempo. Fui al trabajo, pero ni un solo segundo logré dejar de pensar en ella. Su presencia en mi mente se reflejó en mi trabajo, antes ejemplar, ese día tan patético que mi jefe en persona vino a regañarme y preguntar qué pasaba conmigo.

Pero nada de eso me importó. ¿Por qué habría de importarme? El amor por fin había llegado a mi vida. Sólo quería volverla a ver. Tenía que hablar con ella, conseguir su nombre, su teléfono, algo que me permitiera comprobar que ella era real. Cualquier cosa que me diera la certeza que la volvería a ver.

Al día siguiente hablé al trabajo y me reporté enfermo. En cierta forma, estaba enfermo. Enfermo de amor; el veneno más lento y doloroso que puede circular por el cuerpo humano.

Me encaminé al edificio donde la había visto el día anterior. Efectivamente, ahí estaba, más hermosa de lo que recordaba. Tenía que hablar con ella, esa vez nada me detendría.

Entré al edificio y comencé a buscarla. Después de un rato la encontré, parada debajo del marco de una puerta. Para sacarle conversación, le pregunté qué hacía en tan extraña ubicación. Sonriendo, me contestó que el guardia de seguridad que se encargaba de cuidar que nadie pasara por esa puerta estaba enfermo y, a falta de personal, ella lo estaba supliendo.

¡Qué glorioso fue ese día en que por fin logré hablar con ella! No sólo averigüé su celestial nombre: Ángela, sino que también conseguí su número de teléfono. ¿Qué mas necesitaba yo para ser feliz?

Me hubiera quedado en aquella puerta con ella por el resto de mi vida, pero las cosas no funcionan así. Quise invitarla a comer, a cenar, a un café, a cualquier lugar, pero ella con una encantadora sonrisa declinó mis invitaciones, diciendo que tenía mucho trabajo.

Regresé a mi casa en una nube de felicidad. El hablar con ella sólo sirvió para que me enamorara más. Aparte de ser hermosa tenía exactamente los mismos gustos que yo, las mismas creencias. Era la mujer más inteligente que había conocido en mi vida.

Esa noche no pude seguir esperando. Tenía que volver a hablar con ella. Corrí al teléfono y marqué el número que ella me había dado, pero estaba ocupado. Le marqué al menos diez veces esa noche, pero su teléfono siempre estaba ocupado.

No quería ni pensar que ella me hubiera dado un teléfono inventado. No, ella no era ese tipo de personas. Sólo había hablado con ella una vez, pero sentía como si la conociera de toda la vida. Probablemente estaba usando Internet y eso bloqueaba la línea.

Al día siguiente tampoco fui al trabajo. Estar con ella se había convertido en una necesidad, más importante que respirar o dormir. De repente, hasta comer me parecía superfluo comparado con su dulce voz.

Entré casi corriendo al edificio donde trabajaba Ángela, y ahí estaba ella, parada debajo del marco de la misma puerta, luciendo aún más hermosa que el día anterior; se había esmerado en arreglarse sólo para mí. Al verla sentí como si mi corazón se hinchara, y las famosas mariposas hicieron su aparición en mi estomago.

Conversé largas horas con ella, hasta que un cálido silencio se hizo entre nosotros. Noté que ella me miraba con ternura. Alargué una temblorosa mano y acaricié su mejilla, que estaba helada. Ella me sonrió cálidamente y las puntas de sus dedos tocaron la punta de los míos. ¡Era amor!

Las dos siguientes semanas fueron como sacadas de un cuento de hadas. Todos los días iba a visitar a Ángela, y pasábamos largas horas juntos, platicando. A veces, yo tomaba su mano, a veces acariciaba sus rosadas mejillas. Su contacto me hizo sentir el ser más completo sobre la tierra.

Pero todo se destruyó un fatídico día. Estábamos tan metidos en nuestro pequeño mundo de felicidad que ninguno vio a los niños malcriados que jugaban cerca con una pelota.

Entonces, sucedió. Uno de ellos lanzó la pelota muy fuerte, y el que se suponía que la iba a cachar falló. La pelota voló hasta donde estábamos Ángela y yo, directo a su hermoso rostro.

El balón chocó contra su cara con fuerza. Se oyó un horrible crujido, tan frágil era mi preciosa Ángela. Su rostro y su cuerpo entero se rompieron en mil pedazos, y cayeron inmóviles en el suelo.

Lanzando un grito de terror, me arrodillé en el suelo y tomé varios pedazos de lo que antes fue Ángela, pero mis manos comenzaron a sangrar mientras yo lloraba mares.

“¿Qué pasó?” preguntó alguien.

“Estos niños estaban jugando y rompieron un espejo,” contestó otro.

¿Por qué llora el diablo?

¿Por qué llora el diablo? Pregunta el niño. Sus lágrimas no son de rabia ni de enojo, no son lágrimas malas. ¿Cómo pueden lágrimas buenas nacer de un corazón malo? No lo sé, niño, no lo sé. Si llora, llora de soledad. Pecó de vanidoso, más no de malvado. Llora porque, al hacerlo, las lágrimas forman un espejo, y al verse reflejado ya no se siente tan solo. Llora para no morir quemado por la llama del odio, pero no del odio propio, sino del sufrido. Llora porque el hombre le ha dado cara de chivo, porque a causa de su vanidad lo acusan de lujurioso. Llora porque no es demonio, sino demonizado.

¿Por qué Dios deja que llore? ¿No se compadece? ¡Ay, niño! ¡Qué preguntas haces! ¿No ves que Dios también está llorando? Mira, son las mismas lágrimas las que derraman. Lloran juntos, pero los dos están solos. Solos, por la ira de un demente. ¿O fueron mil? Lloran ambos porque son dos caras de las misma moneda, condenados a nunca encontrarse. Lloran porque los dos son amor. Amor al prójimo y amor propio. ¿Acaso alguno es pecado? Lloran porque, a pesar de ser amor, nunca serán amados. Llora el amor, niño, porque a pesar de serlo, no sabe cómo amar. Llora Dios y llora el diablo, porque a pesar de su dolor, nadie los oye. Y, a pesar de que son todo y todos, no tienen a nadie.