En tu muerte

No puedes ver el suelo bajo tus pies. Te das cuenta de eso demasiado tarde. Sin embargo, no sientes el aire acelerarse a tu alrededor, ni el apretón en las entrañas que delata el hecho de que caes. Las paredes tampoco se mueven a tu alrededor. Aliviado, estiras la mano para tocar una de ellas sólo para darte cuenta de que no son sólidas. Tus dedos juguetean cerca de los ladrillos, incluso entre ellos, pero no alcanzas a tocarlos. Estiras la mano una y otra vez, temeroso de que si tus pies se mueven aunque sea un centímetro caerás al vacío. Te resignas con intentar tocar la pared, pero no puedes moverte. Tu miedo te lo impide.

Ese miedo que hace que tu corazón palpite y los ojos te fallen, pues la adrenalina te tiene tan drogado que ya sólo alcanzas a distinguir figuras borrosas, figuras en las que no puedes confiar. El mundo comienza a moverse a tu alrededor, pero el miedo te mantiene pegado al suelo. Tus rodillas flaquean. En un pequeño instante de lucidez logras controlar el temblor de tus piernas, pero nada más. Estas sólo. No hay un solo ser humano cerca de ti, ningún eco que revele la existencia de algún ser vivo ni la presencia de un mundo fuera de ti.

Cierras los ojos. No quieres ver ni sentir, pero aún así comienzas a sentir. Un aliento silencioso recorre tu nuca, caliente, fétido. Te pones a temblar casi sin darte cuenta. Estás muerto. Si no lo estabas antes, pronto lo estarás, y el aliento que sigue acosando tu cuello parece prometértelo. Un gruñido leve, casi cariñoso hace que tus entrañas se encojan. De repente, la falta de vida experimentada hace unos segundos no parece tan mala. Garras filosas como cuchillos acarician tu piel con delicadeza, amando cada centímetro de la piel que están por destruir.

No puedes más y lanzas un grito de terror. Tus piernas por fin se rebelan y te dejan caer. Al vacío, inmenso, infinito. Mientras vas cayendo, intentas recordar algún instante de tu vida, algo que justifique esta pesadilla final que no pediste. Nada. No puedes recordar nada. No recuerdas tu infancia, ni a tus amigos. Ni siquiera recuerdas tu propio rostro y pronto te das cuenta de que ni siquiera estás seguro de cómo luce un rostro humano. Este pensamiento te da más miedo que ninguno otro, pues te das cuenta de que has dejado de existir. No eres una idea, ni un recuerdo, sólo una cáscara vacía carente de rostro y forma que aún así se aferra por sobrevivir.

¿Por qué? La pregunta te golpea, te agarra desprevenido. ¿Por qué? Te das cuenta que dejarte sería fácil. Casi demasiado fácil. Dejas que el vacío te trague. Es el fin.

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Acerca de ahibert
Nací en México y aquí sigo.

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