Amor Imposible

Nunca pensé que llegaría a enamorarme así. Jamás había creído en el amor a primera vista. ¿Por qué habría de hacerlo? Nunca antes me había sucedido, no de esta manera. Amé a otras personas antes que a ella, pero no de esta manera, nunca.

La conocí hace dos semanas. Su nariz de botón, su boquita roja como granada, sus ojos que brillaban como estrellas y su piel de porcelana, toda ella me cautivó. Desde el momento en que la vi por primera vez, al otro lado del cristal, supe que era amor. Y, por la manera en que ella me miraba, sabía que yo también la había cautivado.

Quise entrar al edificio a saludarla, pero no pude, no tenía tiempo. Fui al trabajo, pero ni un solo segundo logré dejar de pensar en ella. Su presencia en mi mente se reflejó en mi trabajo, antes ejemplar, ese día tan patético que mi jefe en persona vino a regañarme y preguntar qué pasaba conmigo.

Pero nada de eso me importó. ¿Por qué habría de importarme? El amor por fin había llegado a mi vida. Sólo quería volverla a ver. Tenía que hablar con ella, conseguir su nombre, su teléfono, algo que me permitiera comprobar que ella era real. Cualquier cosa que me diera la certeza que la volvería a ver.

Al día siguiente hablé al trabajo y me reporté enfermo. En cierta forma, estaba enfermo. Enfermo de amor; el veneno más lento y doloroso que puede circular por el cuerpo humano.

Me encaminé al edificio donde la había visto el día anterior. Efectivamente, ahí estaba, más hermosa de lo que recordaba. Tenía que hablar con ella, esa vez nada me detendría.

Entré al edificio y comencé a buscarla. Después de un rato la encontré, parada debajo del marco de una puerta. Para sacarle conversación, le pregunté qué hacía en tan extraña ubicación. Sonriendo, me contestó que el guardia de seguridad que se encargaba de cuidar que nadie pasara por esa puerta estaba enfermo y, a falta de personal, ella lo estaba supliendo.

¡Qué glorioso fue ese día en que por fin logré hablar con ella! No sólo averigüé su celestial nombre: Ángela, sino que también conseguí su número de teléfono. ¿Qué mas necesitaba yo para ser feliz?

Me hubiera quedado en aquella puerta con ella por el resto de mi vida, pero las cosas no funcionan así. Quise invitarla a comer, a cenar, a un café, a cualquier lugar, pero ella con una encantadora sonrisa declinó mis invitaciones, diciendo que tenía mucho trabajo.

Regresé a mi casa en una nube de felicidad. El hablar con ella sólo sirvió para que me enamorara más. Aparte de ser hermosa tenía exactamente los mismos gustos que yo, las mismas creencias. Era la mujer más inteligente que había conocido en mi vida.

Esa noche no pude seguir esperando. Tenía que volver a hablar con ella. Corrí al teléfono y marqué el número que ella me había dado, pero estaba ocupado. Le marqué al menos diez veces esa noche, pero su teléfono siempre estaba ocupado.

No quería ni pensar que ella me hubiera dado un teléfono inventado. No, ella no era ese tipo de personas. Sólo había hablado con ella una vez, pero sentía como si la conociera de toda la vida. Probablemente estaba usando Internet y eso bloqueaba la línea.

Al día siguiente tampoco fui al trabajo. Estar con ella se había convertido en una necesidad, más importante que respirar o dormir. De repente, hasta comer me parecía superfluo comparado con su dulce voz.

Entré casi corriendo al edificio donde trabajaba Ángela, y ahí estaba ella, parada debajo del marco de la misma puerta, luciendo aún más hermosa que el día anterior; se había esmerado en arreglarse sólo para mí. Al verla sentí como si mi corazón se hinchara, y las famosas mariposas hicieron su aparición en mi estomago.

Conversé largas horas con ella, hasta que un cálido silencio se hizo entre nosotros. Noté que ella me miraba con ternura. Alargué una temblorosa mano y acaricié su mejilla, que estaba helada. Ella me sonrió cálidamente y las puntas de sus dedos tocaron la punta de los míos. ¡Era amor!

Las dos siguientes semanas fueron como sacadas de un cuento de hadas. Todos los días iba a visitar a Ángela, y pasábamos largas horas juntos, platicando. A veces, yo tomaba su mano, a veces acariciaba sus rosadas mejillas. Su contacto me hizo sentir el ser más completo sobre la tierra.

Pero todo se destruyó un fatídico día. Estábamos tan metidos en nuestro pequeño mundo de felicidad que ninguno vio a los niños malcriados que jugaban cerca con una pelota.

Entonces, sucedió. Uno de ellos lanzó la pelota muy fuerte, y el que se suponía que la iba a cachar falló. La pelota voló hasta donde estábamos Ángela y yo, directo a su hermoso rostro.

El balón chocó contra su cara con fuerza. Se oyó un horrible crujido, tan frágil era mi preciosa Ángela. Su rostro y su cuerpo entero se rompieron en mil pedazos, y cayeron inmóviles en el suelo.

Lanzando un grito de terror, me arrodillé en el suelo y tomé varios pedazos de lo que antes fue Ángela, pero mis manos comenzaron a sangrar mientras yo lloraba mares.

“¿Qué pasó?” preguntó alguien.

“Estos niños estaban jugando y rompieron un espejo,” contestó otro.

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Acerca de ahibert
Nací en México y aquí sigo.

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