Amor Imposible

Octubre 26, 2007

Nunca pensé que llegaría a enamorarme así. Jamás había creído en el amor a primera vista. ¿Por qué habría de hacerlo? Nunca antes me había sucedido, no de esta manera. Amé a otras personas antes que a ella, pero no de esta manera, nunca.

La conocí hace dos semanas. Su nariz de botón, su boquita roja como granada, sus ojos que brillaban como estrellas y su piel de porcelana, toda ella me cautivó. Desde el momento en que la vi por primera vez, al otro lado del cristal, supe que era amor. Y, por la manera en que ella me miraba, sabía que yo también la había cautivado.

Quise entrar al edificio a saludarla, pero no pude, no tenía tiempo. Fui al trabajo, pero ni un solo segundo logré dejar de pensar en ella. Su presencia en mi mente se reflejó en mi trabajo, antes ejemplar, ese día tan patético que mi jefe en persona vino a regañarme y preguntar qué pasaba conmigo.

Pero nada de eso me importó. ¿Por qué habría de importarme? El amor por fin había llegado a mi vida. Sólo quería volverla a ver. Tenía que hablar con ella, conseguir su nombre, su teléfono, algo que me permitiera comprobar que ella era real. Cualquier cosa que me diera la certeza que la volvería a ver.

Al día siguiente hablé al trabajo y me reporté enfermo. En cierta forma, estaba enfermo. Enfermo de amor; el veneno más lento y doloroso que puede circular por el cuerpo humano.

Me encaminé al edificio donde la había visto el día anterior. Efectivamente, ahí estaba, más hermosa de lo que recordaba. Tenía que hablar con ella, esa vez nada me detendría.

Entré al edificio y comencé a buscarla. Después de un rato la encontré, parada debajo del marco de una puerta. Para sacarle conversación, le pregunté qué hacía en tan extraña ubicación. Sonriendo, me contestó que el guardia de seguridad que se encargaba de cuidar que nadie pasara por esa puerta estaba enfermo y, a falta de personal, ella lo estaba supliendo.

¡Qué glorioso fue ese día en que por fin logré hablar con ella! No sólo averigüé su celestial nombre: Ángela, sino que también conseguí su número de teléfono. ¿Qué mas necesitaba yo para ser feliz?

Me hubiera quedado en aquella puerta con ella por el resto de mi vida, pero las cosas no funcionan así. Quise invitarla a comer, a cenar, a un café, a cualquier lugar, pero ella con una encantadora sonrisa declinó mis invitaciones, diciendo que tenía mucho trabajo.

Regresé a mi casa en una nube de felicidad. El hablar con ella sólo sirvió para que me enamorara más. Aparte de ser hermosa tenía exactamente los mismos gustos que yo, las mismas creencias. Era la mujer más inteligente que había conocido en mi vida.

Esa noche no pude seguir esperando. Tenía que volver a hablar con ella. Corrí al teléfono y marqué el número que ella me había dado, pero estaba ocupado. Le marqué al menos diez veces esa noche, pero su teléfono siempre estaba ocupado.

No quería ni pensar que ella me hubiera dado un teléfono inventado. No, ella no era ese tipo de personas. Sólo había hablado con ella una vez, pero sentía como si la conociera de toda la vida. Probablemente estaba usando Internet y eso bloqueaba la línea.

Al día siguiente tampoco fui al trabajo. Estar con ella se había convertido en una necesidad, más importante que respirar o dormir. De repente, hasta comer me parecía superfluo comparado con su dulce voz.

Entré casi corriendo al edificio donde trabajaba Ángela, y ahí estaba ella, parada debajo del marco de la misma puerta, luciendo aún más hermosa que el día anterior; se había esmerado en arreglarse sólo para mí. Al verla sentí como si mi corazón se hinchara, y las famosas mariposas hicieron su aparición en mi estomago.

Conversé largas horas con ella, hasta que un cálido silencio se hizo entre nosotros. Noté que ella me miraba con ternura. Alargué una temblorosa mano y acaricié su mejilla, que estaba helada. Ella me sonrió cálidamente y las puntas de sus dedos tocaron la punta de los míos. ¡Era amor!

Las dos siguientes semanas fueron como sacadas de un cuento de hadas. Todos los días iba a visitar a Ángela, y pasábamos largas horas juntos, platicando. A veces, yo tomaba su mano, a veces acariciaba sus rosadas mejillas. Su contacto me hizo sentir el ser más completo sobre la tierra.

Pero todo se destruyó un fatídico día. Estábamos tan metidos en nuestro pequeño mundo de felicidad que ninguno vio a los niños malcriados que jugaban cerca con una pelota.

Entonces, sucedió. Uno de ellos lanzó la pelota muy fuerte, y el que se suponía que la iba a cachar falló. La pelota voló hasta donde estábamos Ángela y yo, directo a su hermoso rostro.

El balón chocó contra su cara con fuerza. Se oyó un horrible crujido, tan frágil era mi preciosa Ángela. Su rostro y su cuerpo entero se rompieron en mil pedazos, y cayeron inmóviles en el suelo.

Lanzando un grito de terror, me arrodillé en el suelo y tomé varios pedazos de lo que antes fue Ángela, pero mis manos comenzaron a sangrar mientras yo lloraba mares.

“¿Qué pasó?” preguntó alguien.

“Estos niños estaban jugando y rompieron un espejo,” contestó otro.


A star

Octubre 26, 2007

When I was little, I didn’t understand why people stared at me all the time. After all, I didn’t feel any different from all the other kids. I guess it was because of my looks, but I have never understood why looks are so important. My family lives, and works, in a circus, and we’ve always looked different from the rest of the people. The other people at the circus didn’t seem to mind. After all, they were all different too. That’s why they live in the circus too.

But I don’t understand, what have my arms to do with anything? They’re pretty useful for me, especially when I get into fights with some of the other kids. After all, none of their arms can bite like mine. What makes me different from all of them is that instead of hands, I’ve got two serpent heads at the end of each of my scaly arms. I’ve always felt special because of my arms.

These thoughts always crossed my head before it was time for me to go out into the ring and show off my amazing arms. They even moved like snakes, which allowed me to do all sorts of complicated moves that ‘normal people’ could not do because of their boring arms.

I knew my act to perfection. I would go out into the ring, wearing a tight green suit with scales, and dance. The music was really exotic, and while I danced I could see the awed expressions in the public’s faces. They just loved me. People would come all over the world to watch me dance and make shapes with my hands. I have always been so proud of them.

Yet some people can’t understand the beauty of them. They laugh, tease and even throw things at me because I don’t look like them. Once, one of them threw a knife at me. It didn’t hit any vital organ, but I had to spend a week in hospital. Oh, how I cried. I cried and cried, because people just don’t seem to have respect for those who are different. My life has always been hard because of those persons, and sometimes it has been really hard for me to go on.

But when I step into the ring, and the mystical green light shines on me, and me only, everything suddenly makes sense. The soothing, mystical rhythm of the music invigorates my body, and my sensual moves give me all the security I need. When the audience claps at me, all the pain becomes worth it. I am suddenly a star, and people all love me. They don’t care that I am different. All they can see is my dance, and my talent. When the clapping washes over my body, caressing my ears, my life suddenly makes sense to me, and I am able to hold my head high, and smile at them. I am a star.


Tu fuego, mi vida

Octubre 26, 2007

Había algo raro en el ambiente. Mientras más me acercaba al edificio viejo donde vivía mi novia, más se sentía. Había miedo, como si el aire mismo se hubiera contagiado de algún tipo de histeria que llenaba mis pulmones con cada paso que daba. Me eché a correr, tropezando en las raíces que destruían la banqueta derruida. Escuché gritos, y mis pies me llevaron aún más rápido. Se podía escuchar el ruido de algo doblándose tanto que tronaba. Al doblar la esquina me di cuenta que ese algo era el edificio donde vivía mi novia, una ruina construida en 1800 que si había sido remodelado cinco veces sería una exageración. Enormes lenguas de fuego se escurrían fuera de las ventanas; parecía que el incendio se hubiera extendido a todo el edificio. Sólo los últimos dos pisos se veían intactos, y varias personas se aplastaban en los balcones, luchando por alejarse lo más posible del edificio sin caerse a la calle.

Corrí hasta la pequeña multitud que se había formado alrededor del edificio en llamas, justo a tiempo para ver a dos jóvenes salir corriendo por la puerta. La camisa de uno de ellos ardía, el olor a carne quemada me destruyó la nariz y sus gritos de agonía hicieron que me encogiera. Intenté a acercarme a ayudar, pero otras dos personas llegaron corriendo con cubetas llenas de agua y las lanzaron hacia el joven en llamas. Un siseo penetró el aire, seguido por los gritos histéricos del muchacho que seguía retorciéndose en el suelo, gritando de dolor. Nadie se atrevía a acercársele por miedo a lastimarlo más, pero la urgencia de hacer algo por el pobre muchacho se sentía en el aire. El joven que había salido junto a él lo miraba con los ojos desorbitados y el pecho borroso de tan rápido que respiraba.

“¡Una ambulancia!” gritó alguien. Como si a nadie se le hubiera ocurrido hasta ese momento, la mayor parte de las personas en la multitud sacaron celulares y comenzaron a marcar los números de emergencia. Celulares de todas las marcas y modelos existentes se pegaron a las orejas de sus dueños, quienes parecían encontrarse hipnotizados por el fuego que seguía saliendo del edificio. Me sentí frustrado, lo único que iban a lograr era saturar las líneas de emergencia, así que mi celular permaneció dentro de mi bolsa.

Del interior del edificio surgió un grito de mujer que me puso la piel de gallina, seguido por un gran golpe. Una lluvia de escombros se abalanzó sobre la multitud, y nos tuvimos que apartar entre gritos y empujones. Las llamas del tercer piso subieron de nivel durante un par de segundos, quemando los barandales oxidados del cuarto piso. El metal comenzó a retorcerse hasta desprenderse por completo de un lado. Las llamas bajaron de nivel de nuevo y el barandal quedó colgando precariamente, amenazando a la multitud que había vuelto a alejarse.

“¡Miguel!” Miré a mi alrededor, preguntándome si era a mí a quien gritaban. Pude ver cómo otros tres hombres voltearon alrededor, buscando a quien hubiera gritado su nombre. La voz se me hacía tan familiar…

“¡Miguel!” ¡Karen! Era la voz de mi novia la que me llamaba. Comencé a empujar a la gente, buscando a mi novia entre la multitud, feliz de que hubiera logrado salir a tiempo del edificio.

“¡Miguel!” La sangre se me heló al darme cuenta de dónde provenía la voz. Alcé la mirada hacia el edificio. En cuanto lo hice, mi novia se asomó al balcón del tercer piso, el que daba a la sala de su casa. Las llamas enmarcaban su silueta, pero ella no parecía quemada. Varias personas lanzaron gritos y comenzaron a señalarla. Desesperado, empecé a dar codazos para poder avanzar entre la multitud. Me acerqué tanto al edificio que sentí el calor abrazándome la piel. El humo me entró en la nariz y comencé a toser. Tuve que alejarme hasta que sentí la pared formada por la multitud pegada contra mi espalda.

“¡Karen! ¡Karen! ¡No te alejes de la ventana!” grité. “¡Ten cuidado!” Karen se quedó quieta un segundo, y puso las manos en el barandal. Lancé un grito, pero al parecer el barandal no se había calentado, pues Karen no parecía sentir dolor. De hecho, en su cara no vi ningún indicio de miedo, nada que diera muestras de que estaba atrapada en un edificio en llamas. Grité su nombre una y otra vez.

“¡Miguel!” volvió a gritar, y rió. “No te oigo, deja bajo.”

“¡No! ¡Karen! ¡No!” Mis gritos fueron en vano. Me saludó con la mano y se dio media vuelta. La vi desaparecer entre las llamas sin inmutarse, como si el calor no llegara a tocarla. Un coro de gritos se disparó detrás de mí, muchos de ellos le gritaran que regresara, que los bomberos ya venían en camino, que no hiciera una locura, seguramente los bomberos traerían una escalera y la sacarían por la ventana. Todo fue en vano, Karen desapareció en el interior del departamento y pronto las llamas devoraron la puerta que daba al balcón. Sentí una mano en mi hombro, pero no encontré la voluntad para apartar mis ojos del edificio. Un torrente de lágrimas se escurría fuera de mis ojos, lágrimas que hervían y se evaporaban incluso antes de llegar a mi cuello.

Un minuto después, una de las ventanas del primer piso se abrió. Pude ver un infierno de muebles quemados y llamas que llegaban hasta el techo antes de que Karen volviera a aparecer en la ventana, igual de fresca que hacía unos momentos. La gente volvió a empezar a gritar, señalando, pidiéndole que no se moviera. Me encontré a mí mismo incapaz de moverme de puro miedo. Mi novia podría morir en cualquier momento, y yo sólo podía quedarme ahí parado viendo como un estúpido.

En ese instante el aire se llenó con el sonido de las sirenas de la ambulancia y los bomberos. La monotonía y el horror de los ruidos producidos por el edificio al destruirse se vieron interrumpidos, y en el ambiente se pudo sentir como la gente que contenía el aliento lo dejó salir. Ya todo estaría bien. Incluso yo perdí el miedo el tiempo suficiente para encontrar mi voz.

“¡Karen! ¡No te muevas! ¡Ya casi llegan los bomberos! ¿Crees que puedas aguantar ahí?”

“Sí… eso creo,” respondió ella. Se escuchó otro gran derrumbe, y Karen se tiró al piso, gritando mientras los proyectiles creados por los escombros volaban a su alrededor. Una nube de humo la envolvió, amortiguando sus gritos y chillidos. En ese momento me di cuenta que yo también gritaba como cerdo en el matadero, que me había acercado tanto al edificio que mi piel comenzaba a sufrir severas quemaduras por el calor.

Me hice para atrás, esperando que la nube se despejara. Poco a poco fui viendo la silueta de la ventana, pero no a Karen. Grité su nombre una y otra vez, hasta que dos hombres me tomaron de los brazos y me jalaron hacia atrás para que no siquiera quemándome. Intenté luchar, moviendo la cabeza de un lado a otro para golpearlos mientras me retorcía, intentando liberar al menos un brazo. Otros dos hombres se unieron a los primeros y entre los cuatro me inmovilizaron en el suelo. Me quedé ahí tirado, llorando de miedo y frustración, llenándome la cara empapada de tierra y cenizas, respirando basura por la boca pues la nariz se me había tapado.

La multitud comenzó a gritar apartarse del camino. Los hombres que me habían tirado al suelo me volvieron a levantar para abrirle paso a los bomberos.

“¡Mi novia está atrapada en el primer piso! ¡Sigue viva! ¡Sálvenla, por favor! ¡Sálvenla!” Intenté luchar contra los hombres que insistían en alejarme para agarrar a un bombero y gritarle en el oído hasta que rescataran a Karen, pero uno de ellos me inmovilizó un brazo detrás del cuerpo y me lo torcía cada vez que intentaba moverme hasta que me rendí y dejé que me condujeran lejos.

Me mantuvieron inmovilizado hasta que la multitud comenzó a dispersarse y el edificio quedó en silencio. En cuanto me soltaron, salí corriendo hasta donde estaba la ambulancia y empecé a buscar a mi novia entre los que habían rescatado. Dos ancianas con los cabellos chamuscados me miraban con ojos de espanto por encima de las máscaras de oxígeno mientras corría de un lado a otro. Al final, intercepté a un bombero.

“Busco a mi novia,” le dije. “Es alta, como de esta estatura. Tiene el pelo negro y la piel morena.” El bombero se quedó pensando unos segundos y miró la ambulancia, donde los paramédicos le aplicaban una pomada a una niña que no dejaba de llorar e intentar darle una patada al paramédico, pidiendo a gritos que fuera su madre.

“Lo siento,” dijo el bombero. “No rescatamos a nadie de esas características. En todo caso estaría ahí siendo atendida.”

“No, no, no entiende. La vi con vida como diez segundos antes de que llegaran ustedes. Está viva, tal vez siga ahí adentro atrapada.”

“En ese caso haremos todo lo que podamos,” dijo el bombero. “La estructura del edificio ya estaba demasiado dañada y el fuego terminó de destruirla, es demasiado peligroso entrar en este momento y ponernos a remover escombros.”

“¡Por favor!” grité.

“Seguiremos buscando,” dijo el bombero, y se alejó. Intenté agarrarlo del brazo pero el hombre salió corriendo para reunirse con sus compañeros. Me quedé ahí parado como un imbécil, mirando cómo entraban y salían sin rescatar a mi Karen. Una hora después el cansancio se apoderó de mí y decidí regresar a mi casa. Ya no soportaba el olor a carne quemada y humo, ni la manera en que las cenizas flotando en el ambiente se me metían en los ojos y la nariz. Le dejé mi número de teléfono a un paramédico para que me hablara en cuanto sacaran a Karen del edificio y me dirigí a mi casa. Los boletos de camión que habíamos comprado para irnos de vacaciones ese mismo día seguían en mi pantalón, y a pesar de lo delgados que eran parecían pesar una tonelada. Finalmente me harté de su presencia en mi bolsa y los tiré a un bote de basura que me encontré en el camino.

Llegué a mi casa y me miré en el espejo. Tenía los ojos rojos por el humo, y en mi piel se notaban los indicios de que estuve a punto de tener quemaduras graves. Me quité la ropa y me di un baño rápido antes de tirarme a la cama. Sin embargo, no logré dormir en toda esa noche. Me quedé tirado en la cama con el teléfono entre las manos y la mirada fija en el aparato, esperando a que sonara con las noticias de que habían rescatado a mi Karen de entre los escombros.

Escuché cómo la puerta de mi cuarto crujía, y alcé la mirada. Ahí estaba Karen, luciendo igual de fresca que en la mañana. Tenía una pequeña sonrisa en la cara, como si intentara no reírse de algún secreto que sólo ella conocía. Apoyó la mano sobre el marco de la puerta y comenzó a golpearlo con las uñas.

“¡Karen!” grité, emocionado. “Me… me dijeron que me hablarían en cuanto te rescataran. ¿Estás bien? ¿No tienes quemaduras?” Empecé a levantarme pero Karen caminó hasta mí y me detuvo.

“Estoy bien,” dijo, sentándose en la cama. “Fui a buscarte y te estuve esperando un rato en la Terminal de camiones todo el día, pero no apareciste.”

“No sabía que ya te habían rescatado… ¿por qué no me hablaste?”

“Mi celular no se salvó.” Nos quedamos en silencio. Karen estiró la mano y me acarició la cara. Se sentía muy caliente, pero no dije nada. A nuestro alrededor, la habitación parecía brillar con un tinte sobrenatural. Incluso el ruido incesante de la calle había muerto.

“Tengo boletos para el camión que sale dentro de una hora,” dijo ella al fin. “¿Quieres venir conmigo?”

“¿Por qué los compraste?”

“Porque yo de todas maneras me voy a ir hoy,” dijo, poniéndose de pie. “¿Quieres venir conmigo?” Me extendió la mano, y en ese momento comprendí todo. Miré a mi alrededor, mis muebles, todas las pertenencias y la basura que había acumulado tras seis años de vivir en aquel pequeño departamento. Vi las fotos que tenía ahí guardadas, fotos tomadas con los amigos ¿Podría dejarlo todo atrás para irme con Karen? Me detuvo a pensar. ¿En realidad quería más a mis amigos y mis pertenencias que a mi novia? Mi mirada se clavó en el segundo cajón de mi mueble. El anillo de compromiso que planeaba darle a Karen durante nuestro viaje se encontraba esperando adentro. Mi decisión de querer pasar el resto de mi vida al lado de Karen no había cambiado nada desde el momento en que decidí comprar ese anillo.

“Voy contigo,” dije. Ella sonrió y me extendió la mano. En vez de tomarla, caminé hasta la cajonera y saqué el estuche con el anillo. Una mueca de sorpresa apareció en la cara de Karen y al instante se mezcló con una enorme sonrisa. Jamás la había visto tan bella en toda mi vida. Sin decir una palabra, saqué la joya del estuche y la puse en su dedo. Tomé sus dedos entre los míos.

“Vamos,” le dije. Me jaló con cuidado hacia la puerta. Sentí mi cuerpo desplomarse al suelo, pero yo seguí tomado de la mano con Karen. Volteé a ver una vez más mi rostro, con la sonrisa estúpida y la incipiente calvicie. Había tomado la decisión correcta. Tomados de la mano, caminamos en dirección a la puerta, listos para lo que fuera que nos estuviera esperando.


¿Por qué llora el diablo?

Octubre 26, 2007

¿Por qué llora el diablo? Pregunta el niño. Sus lágrimas no son de rabia ni de enojo, no son lágrimas malas. ¿Cómo pueden lágrimas buenas nacer de un corazón malo? No lo sé, niño, no lo sé. Si llora, llora de soledad. Pecó de vanidoso, más no de malvado. Llora porque, al hacerlo, las lágrimas forman un espejo, y al verse reflejado ya no se siente tan solo. Llora para no morir quemado por la llama del odio, pero no del odio propio, sino del sufrido. Llora porque el hombre le ha dado cara de chivo, porque a causa de su vanidad lo acusan de lujurioso. Llora porque no es demonio, sino demonizado.

¿Por qué Dios deja que llore? ¿No se compadece? ¡Ay, niño! ¡Qué preguntas haces! ¿No ves que Dios también está llorando? Mira, son las mismas lágrimas las que derraman. Lloran juntos, pero los dos están solos. Solos, por la ira de un demente. ¿O fueron mil? Lloran ambos porque son dos caras de las misma moneda, condenados a nunca encontrarse. Lloran porque los dos son amor. Amor al prójimo y amor propio. ¿Acaso alguno es pecado? Lloran porque, a pesar de ser amor, nunca serán amados. Llora el amor, niño, porque a pesar de serlo, no sabe cómo amar. Llora Dios y llora el diablo, porque a pesar de su dolor, nadie los oye. Y, a pesar de que son todo y todos, no tienen a nadie.


Mother’s Sin, Child’s Nightmare

Octubre 25, 2007

Sebastian didn’t bother to close the door of his house quietly as he went out into the night. After all, his mother would never hear the sound of the wood slamming against it’s frame. He lit a cigarette and inhaled the smoke deeply, letting it spill into his lungs like a vital liquid.

Beautiful purple colors swirled in the sky, but the beauty of the nightfall somehow failed to reach Sebastian’s eyes. He didn’t even bother to look up as he headed to the tree that had become his refuge since his childhood. Sebastian never looked up, his eyes were always set on the ground. Seventeen years of life had taught him that people were less likely to notice him if he didn’t look at them.

His mind traveled back to his younger days, but no smile came to him from that memory. He inhaled the smoke from the cigarette once more, as the memories consumed him from the inside.

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He was alone. His childish mind knew loneliness very well, yet he didn’t comprehend it. All he knew was that, regardless where he went, no one would be by his side. It didn’t bother him, though. His loneliness stretched as far as his little memory could go, and it had become a part of his life.

There were almost no kids to play with in the little town he lived in. The few kids who lived there all stayed inside their homes, safe within their mother’s line of vision. They would occasionally go out and play with their brothers and sisters, and on weekends they would even play with their fathers.

Not Sebastian, though. He had no brothers or sisters to play with, not even cousins who occasionally came to visit, like the baker’s daughter did. His shadow had become his only playmate.

Oh yes, he had a mother. But his mother was always busy, and constantly encouraged him to get out of the way.

“Go out and play, dear, my head hurts from work and I need to rest,” she would often said. Truth was, she spent most of the day sleeping. She, like Sebastian, was not a normal person by the town’s standards. Unlike other mothers, she always worked at night and slept in the day. Although she worked at her house, she did not allow Sebastian to stay and watch.

So, every night Sebastian went to his grandmother’s house, and she wasn’t fond of either Sebastian or his mother. Yet, every night she would take the child in with a sigh. She always gave Sebastian a stale piece of bread and cold chocolate for dinner, before showing him to his room. Sebastian’s grandmother never tucked him into bed like other grandmothers did.

“Just go and sleep, and don’t make noise,” his grandmother told him every night. She never touched him, but Sebastian didn’t mind about that. Her knobby, bony hands were full of spots and popping veins, and he always got as far away from those hands as he could.

Sebastian didn’t have any friends because he didn’t attend school. At age four he was too young for that, and therefore spent most of his day peeking over the school fence, which reached up to his nose, and watched the children play and learn inside the school rooms.

He would usually stay away from the school at recess time, however, because bigger kids took their pleasure at teasing him with words he was too young to understand.

“Who’s your mother gonna fuck tonight?” one of them asked, and Sebastian didn’t know what to answer, as he didn’t know what ‘fuck’ meant. He turned around and went to his house, hoping his mother’s headache would let her answer his question.

“Where did you learn that word?” she asked, slamming her hand against the table as soon as Sebastian asked the question.

“A kid at school said it,” Sebastian replied shyly. “He asked me if you were going to fuck tonight.” His mother’s face became pale with anger. Nearing tears, Sebastian apologized and ran out of the house so his mother wouldn’t hit him like she had done when he had asked what a ‘bastard’ was. His little legs clumsily tripped with a small rock and he fell to the floor, crying.

The kids walking from school to their houses passed by Sebastian, laughing and pointing at him. Sebastian sat down on the floor with his head down, wondering why they were so cruel with him if he had never done anything to them.

“Hi, my name is Kathy,” a little girl said, extending her hand towards Sebastian. He took her hand and stood up with her help. She was older than him, yet one of the youngest in the school.

“I am Sebastian,” he replied shyly. The girl smiled, showing a missing tooth. Sebastian smiled too, glad that she was not teasing him.

“Do you want to be my friend?” she asked. “Then we can play together.” Sebastian smiled even more.

“Yes!” he squeaked. Someone wanted to be his friend! He had always watched friends with envy, wondering what it felt like to have someone to play with all the time.

“Kathy? Where are you?” a woman called from the door to the school.

“That’s my mommy,” Kathy said, pointing at the woman. The woman spotted her daughter, and strode towards her. For some reason, she seemed to be angry.

“You cannot be with that kid! Get away from him!” Kathy’s mother yelled, pulling Kathy by the arm. “You do not have permission to talk to that boy! Do you know who his mother is?” Kathy looked sadly back at Sebastian, but could not resist the strong pull of her mother. Sebastian watched her go away, sad that his first friend had lasted only one minute.

Why did people insist on leaving him alone? Why didn’t people like him? Why did they hate his mother? Sebastian understood nothing, all he understood was that he was doomed to remain alone all his life.

——

A chill ran through Sebastian’s spine, making him shiver with cold. The temperature dropped some more until even the trees shivered in the breeze. But Sebastian couldn’t bear to be inside his house. The noises his mother did while ‘working’, as she called it, were unbearable to his ears.

The memory of that day when Kathy tried to be his friend still haunted him. After that day, she never talked to him again, and sometimes even joined in with other kids to make fun of him. It was all because of his mother, Sebastian now knew. People knew he had no father, his mother had gotten pregnant while ‘working’, and nobody liked him because of that.

“I didn’t ask to be born this way!” Sebastian bellowed to the night, tears dripping down his tanned skin. His neck-length black hair fell down over his ears, sticking to his wet face, and he didn’t bother to push it away.

His hands traveled to his pocket to look for a lighter and another cigarette, but instead they clutched a charred and half-burned piece of paper. Sebastian looked at it, tears falling down from his eyes. His grades from school; all of them perfect.

“What do you want good grades for?” his mother had asked when he showed her, throwing the piece of paper to the fireplace. Sebastian had yelled, jumping forward to salvage what he could. His mother had kicked him for that.

“A man has to be strong, brains serve no one,” she’d said, leaving the room. He hadn’t found the words to explain to her that good grades were the only thing that could some day turn him into a decent man to the eyes of the townspeople. That maybe if he was smart enough, the people would try and look past the bastard. Maybe good grades could get him a decent job. That was his dream, too far-fetched to reach reality, but that dream kept him going.

His eyes averted back to the little house he lived in, which was in the outskirts of town. It was all his mother’s fault. All his loneliness, his constant suffering, had been caused by that woman, who had so little shame she brought in clients to the house, and sometimes even fucked them in front of him.

At one time he had been able to love her, before he knew people hated him because of her. He didn’t hate her either. He was empty, emotionless. The pain had become so deep it had numbed him, until he could feel nothing but emptiness inside. Seventeen years of loneliness was more than anyone could bear… and Sebastian had had enough.

No, he didn’t ask to be born that way. He hadn’t been given a choice, but now he had it. He could be the only master of his own death. Sebastian tossed his second half-finished cigarette to the ground and crushed it with the sole of his shoe as his hands traveled to the rope hanging from the branch of the tree, making sure the knot was tight. Yes, he was asking to die that way. At last… peace.


Hello world!

Octubre 25, 2007

¿Probando? Bueno, estoy viendo qué onda con esto, ignórenme un segundo.