Entras. El ruido de los carros y el murmullo de la gente desaparecen detrás de las puertas. Momentáneos destellos de luz te muestran horribles caras a tu alrededor; una selección de los especímenes humanos menos agraciados que jamás hayas visto. Bailan, o más bien se convulsionan, esperando que las luces psicodélicas cambien su apariencia. Antes de entrar aquí solían ser madres, padres, hijos, hermanos, amigos, amantes, incluso esposos, pero ahora sólo son muertos. Y tú estás con ellos. Entre ellos. Buscando, ¿qué es lo que buscas? ¿Amor? Ya has tomado demasiado, no te das cuenta que están igual de muertos que tú. Apenas alcanzas a percibir el olor rancio que despiden, ¿o será tu propio olor? Pides otra cerveza.
Uno de ellos se te acerca. No distingues si es hombre o mujer, o ninguno, o los dos. Ya no importa. El ritmo te aprisiona y juntan sus caderas en lo que pretende ser un baile sensual. Un momento de lucidez se apodera de ti. Asco. Vagamente recuerdas que, fuera de aquel lugar, tienes amigos, gente que te conoce, una familia. Fuera de aquel lugar, tienes una vida, o algo parecido. ¿Qué haces en aquel lugar dónde sólo los muertos encuentran su hogar? Te alejas de aquel adefesio, quien rápidamente te reemplaza por un acompañante imaginario y sigue bailando.
Sales de aquel infierno, arrastrando contigo el hedor a cigarro y alcohol a las calles desiertas. El mundo exterior también está muerto, completamente muerto excepto por la música que escapa del infierno. Te da frío, pero decides no volver a entrar. No puedes. No quieres. Ya te hartaste de fingir que estas vivo, de llenar tus venas de alcohol para fingir que la sangre corre por ellas, de llenar tus pulmones de humo para fingir que respiras e invadir tus ojos de luces para pretender que puedes ver. Ya te hartaste de no existir más que en la morbosa imaginación de aquellos muertos, de no ser más que su próxima conquista para que todos puedan fingir que aman y son amados. Estás harto de fingir, de pretender, de jugar a ser alguien. Decides no regresar. Necesitas dormir.
Con un suspiro, dejas que tus pies te lleven de regreso a casa, prometiéndote que jamás regresaras a aquel lugar y sabiendo que lo harás. Después de todo, tu también estás muerto. Siempre lo has estado.

Noviembre 27, 2008 a las 2:36 pm
Lo relacioné con una vivencia diferente; sin embargo resignifica mucho leer tus etiquetas. Buen relato, Chabela.