Cuento publicado en Puño y Letra
febrero 3, 2010 Dejar un comentario
Un cuento mío, Un deseo, ha sido publicado en la Revista Literaria Puño y Letra.
Cuentos y algunas otras cosas
febrero 3, 2010 Dejar un comentario
Un cuento mío, Un deseo, ha sido publicado en la Revista Literaria Puño y Letra.
diciembre 29, 2008 Dejar un comentario
A principios de este mes publicaron mi cuento, Lic. Juan Pérez, en la revista online Letralia.
Es uno de los cuentos que más me han gustado, y estoy muy feliz de que me lo hayan publicado
octubre 17, 2008 2 comentarios
Aquí están otros dos sonetos poco serios =) espero que alguien por ahí los disfrute tanto como yo disfruté haciéndolos.
Soneto de Amor
Un día por la vida caminando
vi al amor que estaba muy concentrado
con curiosidad me acerqué a su lado
a ver en qué estaba absorto pensando;
así conocí que estaba escribiendo
un poema de néctar atascado
para llevarle a un enamorado
cuyo corazón estaba sufriendo.
Tan pinche cursi era el poema de Amor
que al suicidio se lanzaron mis ojos.
Esperé la distracción de Amor, luego
robé el poema y lo llevé, con horror,
a consumirse en grandes fuegos rojos
¡bendito sea el siempre voraz fuego!
Soneto Triste
Soy un soneto que fue concebido
con un propósito ya olvidado.
Muero vacío y sin significado
solo y buscando un poeta perdido.
¿Dónde se esconde el ingenio bandido
que me escribió y me dejó, descuidado?
¿A dónde se fue el poeta malvado
que abandonó este intento fallido?
Y ya ningún poeta, por espanto
quiere atreverse a ser responsable
de mí, que de fealdad robo el aliento.
Ahora busco un borrador amable
que pueda acabar ya con mi tormento
y vuelva a hacer esta hoja agradable.
abril 26, 2008 Dejar un comentario
Nota: esos poemas no fueron escritos con afán de hacer algo serio. Más bien, son una bonita broma.
Soneto Poco Serio I
Este es un soneto alegre y contento
Lleno de dulces y lindos colores
Luces, arcoíris y bellas flores
Un poema para olvidar el tormento
Un poemilla ligero como el viento
Y que sabe mejor que mil amores
Llega espantando todos los temores
Con la alegría que del poema siento
En cosas cursis ahora pensemos
En globos y flores y corazones
En suaves peluches, lindos cachorros
En ricos pasteles que comeremos
Juegos bobos que no entienden razones
En cosas que son felices a chorros
Soneto Poco Serio II
Este soneto lo estoy escribiendo
Porque la verdad se me olvido el otro
No tiene rima porque soy muy floja
Pero juro que es endecasílabo
No se de que puede hablar mi soneto
Pues la verdad soy muy poco original
Siento que estoy haciendo el ridículo
Hago cualquier cosa en nombre del arte
Se supone que siguen dos tercetos
Que deben ser profundos y concluir
esto (que tal el encabalgamiento?)
Terminaría mi culto soneto
Con una bella frase inspiradora
Pero la verdad no me sé ninguna
octubre 31, 2007 1 comentario
Entras. El ruido de los carros y el murmullo de la gente se vuelve pretérito, inexistente. Momentáneos destellos de luz te muestran horribles caras a tu alrededor; una selección de los especímenes humanos menos agraciados que jamás hayas visto. Bailan, o más bien se convulsionan, esperando que las luces psicodélicas cambien su apariencia. Antes de entrar aquí solían ser madres, padres, hijos, hermanos, amigos, amantes, incluso esposos, pero ahora sólo son muertos. Y tú estás con ellos. Entre ellos. Buscando, ¿qué es lo que buscas? ¿Amor? Ya has tomado demasiado, no te das cuenta que están igual de muertos que tú. Apenas alcanzas a percibir el olor rancio que despiden, ¿o será tu propio olor? Pides otra cerveza.
Uno de ellos se te acerca. No distingues si es hombre o mujer, o ninguno, o los dos. Ya no importa. El ritmo te aprisiona y juntan sus caderas en lo que pretende ser un baile sensual. Un momento de lucidez se apodera de ti. Asco. Vagamente recuerdas que, fuera de aquel lugar, tienes amigos, gente que te conoce, una familia. Fuera de aquel lugar, tienes una vida, o algo parecido. ¿Qué haces en aquel lugar dónde sólo los muertos encuentran su hogar? Te alejas de aquel adefesio, quien rápidamente te reemplaza por un acompañante imaginario y sigue bailando.
Sales de aquel infierno, arrastrando contigo el hedor a cigarro y alcohol a las calles desiertas. El mundo exterior también está muerto, completamente muerto excepto por la música que escapa del infierno. Te da frío, pero decides no volver a entrar. No puedes. No quieres. Ya te hartaste de disfrazarte de vivo, de llenar tus venas de alcohol para fingir que la sangre corre por ellas, de llenar tus pulmones de humo para fingir que respiras e invadir tus ojos de luces para pretender que puedes ver. Ya te hartaste de no existir más que en la morbosa imaginación de aquellos muertos, de no ser más que su próxima conquista, para que los dos puedan fingir que aman y son amados. Estás harto de fingir, de pretender, de jugar a ser alguien. Decides no regresar. Necesitas dormir.
Con un suspiro, dejas que tus pies te lleven de regreso a casa, prometiéndote que jamás regresaras a aquel lugar y sabiendo que lo harás. Después de todo, tu también estás muerto. Siempre lo has estado.
octubre 29, 2007 Dejar un comentario
Bien, volvió a llegar la hora de hacer NaNoWriMo. El año pasado perdí horrible, creo que ni siquiera llegué a las 20,000 palabras. La meta en NaNo son 50,000 palabras en un mes. Es más o menos 1,800 palabras por día. Eso es como 5 páginas diarias. No parece tanto, pero el problema es que justo en noviembre están los exámenes de 3er parcial, los exámenes finales, proyectos finales, 4o parcial y todo lo demás, no necesariamente en ese órden. Así que… bueno, este año lo intentaré. Mínimo esta vez sí tengo una buena idea de qué quiero hacer con la novela.
Voy a necesitar mucha suerte con esto. Y, bueno, más que suerte un poco de dedicación. He estado trabajando en Versión 2.1 para tener un poco más escrito cuando interrumpa trabajos para dedicarme a NaNo. Y también tengo que acabar los dos cuentos que tengo pendientes. Bueno, no “tengo que”, pero quiero. Bueno sí, sí tengo que. Si no, no voy a poder dormir tranquila.
octubre 26, 2007 Dejar un comentario
Supiera el tiempo besar sus facciones
Venustas maldita, hija de Leda
Entiende en su fin la dulce vereda
Voz de sirena escupiendo canciones
Mil hogueras danzantes en sus ojos
Al morir ni las cenizas quedarán
De sus alas sólo viven despojos
Llamas de amor aludiendo al deseo
Flor aún no madura y ya podrida
Mujer rechazada por Prometeo
Por florecer rápido se marchitó
Corpus duplicis, reflejo brillante
Esbozos de ilusión siempre cambiante
Al brillar tan fuerte su luz se quemó
octubre 26, 2007 Dejar un comentario
El lecho de muerte de aquél hombre apenas estaba iluminado con una lamparita. A su lado, su mujer lloraba desconsolada.
“Por favor… cuando me muera, prométeme…”
“Sí, sí, te lo prometo,” gritó ella entre lágrimas.
“Prométeme que me seguirás siendo fiel aún después de que muera,” terminó él.
“Oh,” dijo ella, cesando el llanto. “Creí que me ibas a pedir que no te olvidara.”
octubre 26, 2007 Dejar un comentario
No puedes ver el suelo bajo tus pies. Te das cuenta de eso demasiado tarde. Sin embargo, no sientes el aire acelerarse a tu alrededor, ni el apretón en las entrañas que delata el hecho de que caes. Las paredes tampoco se mueven a tu alrededor. Aliviado, estiras la mano para tocar una de ellas sólo para darte cuenta de que no son sólidas. Tus dedos juguetean cerca de los ladrillos, incluso entre ellos, pero no alcanzas a tocarlos. Estiras la mano una y otra vez, temeroso de que si tus pies se mueven aunque sea un centímetro caerás al vacío. Te resignas con intentar tocar la pared, pero no puedes moverte. Tu miedo te lo impide.
Ese miedo que hace que tu corazón palpite y los ojos te fallen, pues la adrenalina te tiene tan drogado que ya sólo alcanzas a distinguir figuras borrosas, figuras en las que no puedes confiar. El mundo comienza a moverse a tu alrededor, pero el miedo te mantiene pegado al suelo. Tus rodillas flaquean. En un pequeño instante de lucidez logras controlar el temblor de tus piernas, pero nada más. Estas sólo. No hay un solo ser humano cerca de ti, ningún eco que revele la existencia de algún ser vivo ni la presencia de un mundo fuera de ti.
Cierras los ojos. No quieres ver ni sentir, pero aún así comienzas a sentir. Un aliento silencioso recorre tu nuca, caliente, fétido. Te pones a temblar casi sin darte cuenta. Estás muerto. Si no lo estabas antes, pronto lo estarás, y el aliento que sigue acosando tu cuello parece prometértelo. Un gruñido leve, casi cariñoso hace que tus entrañas se encojan. De repente, la falta de vida experimentada hace unos segundos no parece tan mala. Garras filosas como cuchillos acarician tu piel con delicadeza, amando cada centímetro de la piel que están por destruir.
No puedes más y lanzas un grito de terror. Tus piernas por fin se rebelan y te dejan caer. Al vacío, inmenso, infinito. Mientras vas cayendo, intentas recordar algún instante de tu vida, algo que justifique esta pesadilla final que no pediste. Nada. No puedes recordar nada. No recuerdas tu infancia, ni a tus amigos. Ni siquiera recuerdas tu propio rostro y pronto te das cuenta de que ni siquiera estás seguro de cómo luce un rostro humano. Este pensamiento te da más miedo que ninguno otro, pues te das cuenta de que has dejado de existir. No eres una idea, ni un recuerdo, sólo una cáscara vacía carente de rostro y forma que aún así se aferra por sobrevivir.
¿Por qué? La pregunta te golpea, te agarra desprevenido. ¿Por qué? Te das cuenta que dejarte sería fácil. Casi demasiado fácil. Dejas que el vacío te trague. Es el fin.
octubre 26, 2007 Dejar un comentario
Nunca pensé que llegaría a enamorarme así. Jamás había creído en el amor a primera vista. ¿Por qué habría de hacerlo? Nunca antes me había sucedido, no de esta manera. Amé a otras personas antes que a ella, pero no de esta manera, nunca.
La conocí hace dos semanas. Su nariz de botón, su boquita roja como granada, sus ojos que brillaban como estrellas y su piel de porcelana, toda ella me cautivó. Desde el momento en que la vi por primera vez, al otro lado del cristal, supe que era amor. Y, por la manera en que ella me miraba, sabía que yo también la había cautivado.
Quise entrar al edificio a saludarla, pero no pude, no tenía tiempo. Fui al trabajo, pero ni un solo segundo logré dejar de pensar en ella. Su presencia en mi mente se reflejó en mi trabajo, antes ejemplar, ese día tan patético que mi jefe en persona vino a regañarme y preguntar qué pasaba conmigo.
Pero nada de eso me importó. ¿Por qué habría de importarme? El amor por fin había llegado a mi vida. Sólo quería volverla a ver. Tenía que hablar con ella, conseguir su nombre, su teléfono, algo que me permitiera comprobar que ella era real. Cualquier cosa que me diera la certeza que la volvería a ver.
Al día siguiente hablé al trabajo y me reporté enfermo. En cierta forma, estaba enfermo. Enfermo de amor; el veneno más lento y doloroso que puede circular por el cuerpo humano.
Me encaminé al edificio donde la había visto el día anterior. Efectivamente, ahí estaba, más hermosa de lo que recordaba. Tenía que hablar con ella, esa vez nada me detendría.
Entré al edificio y comencé a buscarla. Después de un rato la encontré, parada debajo del marco de una puerta. Para sacarle conversación, le pregunté qué hacía en tan extraña ubicación. Sonriendo, me contestó que el guardia de seguridad que se encargaba de cuidar que nadie pasara por esa puerta estaba enfermo y, a falta de personal, ella lo estaba supliendo.
¡Qué glorioso fue ese día en que por fin logré hablar con ella! No sólo averigüé su celestial nombre: Ángela, sino que también conseguí su número de teléfono. ¿Qué mas necesitaba yo para ser feliz?
Me hubiera quedado en aquella puerta con ella por el resto de mi vida, pero las cosas no funcionan así. Quise invitarla a comer, a cenar, a un café, a cualquier lugar, pero ella con una encantadora sonrisa declinó mis invitaciones, diciendo que tenía mucho trabajo.
Regresé a mi casa en una nube de felicidad. El hablar con ella sólo sirvió para que me enamorara más. Aparte de ser hermosa tenía exactamente los mismos gustos que yo, las mismas creencias. Era la mujer más inteligente que había conocido en mi vida.
Esa noche no pude seguir esperando. Tenía que volver a hablar con ella. Corrí al teléfono y marqué el número que ella me había dado, pero estaba ocupado. Le marqué al menos diez veces esa noche, pero su teléfono siempre estaba ocupado.
No quería ni pensar que ella me hubiera dado un teléfono inventado. No, ella no era ese tipo de personas. Sólo había hablado con ella una vez, pero sentía como si la conociera de toda la vida. Probablemente estaba usando Internet y eso bloqueaba la línea.
Al día siguiente tampoco fui al trabajo. Estar con ella se había convertido en una necesidad, más importante que respirar o dormir. De repente, hasta comer me parecía superfluo comparado con su dulce voz.
Entré casi corriendo al edificio donde trabajaba Ángela, y ahí estaba ella, parada debajo del marco de la misma puerta, luciendo aún más hermosa que el día anterior; se había esmerado en arreglarse sólo para mí. Al verla sentí como si mi corazón se hinchara, y las famosas mariposas hicieron su aparición en mi estomago.
Conversé largas horas con ella, hasta que un cálido silencio se hizo entre nosotros. Noté que ella me miraba con ternura. Alargué una temblorosa mano y acaricié su mejilla, que estaba helada. Ella me sonrió cálidamente y las puntas de sus dedos tocaron la punta de los míos. ¡Era amor!
Las dos siguientes semanas fueron como sacadas de un cuento de hadas. Todos los días iba a visitar a Ángela, y pasábamos largas horas juntos, platicando. A veces, yo tomaba su mano, a veces acariciaba sus rosadas mejillas. Su contacto me hizo sentir el ser más completo sobre la tierra.
Pero todo se destruyó un fatídico día. Estábamos tan metidos en nuestro pequeño mundo de felicidad que ninguno vio a los niños malcriados que jugaban cerca con una pelota.
Entonces, sucedió. Uno de ellos lanzó la pelota muy fuerte, y el que se suponía que la iba a cachar falló. La pelota voló hasta donde estábamos Ángela y yo, directo a su hermoso rostro.
El balón chocó contra su cara con fuerza. Se oyó un horrible crujido, tan frágil era mi preciosa Ángela. Su rostro y su cuerpo entero se rompieron en mil pedazos, y cayeron inmóviles en el suelo.
Lanzando un grito de terror, me arrodillé en el suelo y tomé varios pedazos de lo que antes fue Ángela, pero mis manos comenzaron a sangrar mientras yo lloraba mares.
“¿Qué pasó?” preguntó alguien.
“Estos niños estaban jugando y rompieron un espejo,” contestó otro.